Capítulo 1. Preludio murciano (1981-82)

 

por Juanan Roll

 

 

 

Cuando se acercaba el invierno en Murcia la humedad hacía que el frío se metiese en los huesos, sobre todo al anochecer. A pesar de su clima cálido, el mes de diciembre de 1981 estaba siendo más duro de lo habitual y, aunque un albaceteño suele estar curtido en heladas y nevazos, aquella noche Francisco Sánchez Sahorí, Paco para sus compañeros de la Universidad, salió del bar La Tapa y se dirigió tiritando al contenedor de unas obras que había justo al lado, a la espalda de este legendario bar.

 

Terraza del bar La Tapa en Plaza de las Flores. Encima hay un ático con unas vigas de madera que impiden ver el que habitaba Franky (justo detrás, en el edificio de tejado rojo frente a la iglesia). [Ampliar]

El sitio era la calle Pascual y allí tenía alquilada una buhardilla-ático pequeñita pero muy coqueta, con una terraza desde la que se veía a la izquierda la iglesia de la Plaza de las Flores y un pequeño trozo de esa animada plaza. En el salón había una chimenea antigua sobre la que descansaba un espectacular gramófono de principios del siglo XX, similar al del logotipo de La Voz de su Amo. A Paco le encantaba esa buhardilla que había compartido con un compañero durante el año anterior. Ahora, se encontraba en quinto curso de Filosofía Pura y vivía solo en esa casa. Aunque no andaba sobrado de dinero podía permitirse ese pequeño lujo gracias a los ingresos que obtenía en verano y navidad como disc-jockey en la discoteca Los Arcos de su pueblo natal, Peñas de San Pedro (Albacete). Lo que ya no le permitían sus ingresos como pinchadiscos era tener leña en abundancia para la chimenea, así que había que buscarse la vida.

 

Afortunadamente en el contenedor instalado a escasos metros de su portal solía encontrar en forma de palés y restos de encofrados la madera suficiente para encender fuego. Sin embargo, aquella noche encontró unas maderas mucho más raras. En medio de aquellos escombros sobresalía una tabla rectangular con un círculo en el centro que alojaba un altavoz. Parecía una vieja radio Telefunken. Paco empezó a tirar de un extremo, pero aquello no salía fácilmente y hubo que escarbar un poco hasta poder extraerlo. Finalmente el cachivache quedó a la vista y la sorpresa fue mayúscula: se trataba de un amplificador compacto de guitarra eléctrica, parecido a un Fender Twin Reverb pero de una marca innombrable, mucho más cutre. Además sólo le quedaban dos tablas a la caja, la frontal donde se sujetaba el altavoz y la superior donde estaban los potenciómetros y el botón de encendido.

 

Minutos después aquel cacharro estaba en instalado junto a chimenea de su casa, apoyado diagonalmente en la pared, puesto que le faltaba la tabla de abajo y la trasera. Pero lo importante es que al enchufarlo parecía funcionar. El altavoz emitía un sonido similar al ruido rosa, un ssssshhhhhhh constante que indicaba su plena operatividad. Por la parte de atrás se veían las válvulas encendidas. El único instrumento que Paco tenía era la guitarra española de su hermano, con la que trasteaba en el pueblo durante las vacaciones veraniegas, pero nunca había tenido un ampli y, mucho menos, una guitarra eléctrica que era lo que necesitaba ahora.

 

Led Zeppelin en el Madison Square Garden. Nueva York, 1973

A la derecha Jimmy Page de Led Zeppelin con una guitarra Gibson Les Paul color sunburst en el Madison Square Garden de Nueva York. Franky siempre quiso tener esa guitarra y actuar en el Madison.

Al día siguiente se dirigió a una tienda de instrumentos musicales que había en el Paseo de Corvera, en pleno barrio del Carmen, y salió con una guitarra japonesa color sunburst imitación de la Gibson Les Paul. Pagó por ella ocho mil pesetas que días antes le había dado en su pueblo Vicente Sarrió, el dueño de la discoteca Los Arcos, por haber pinchado música durante el puente de Todos los Santos. Al llegar a casa enchufó la guitarra y por suerte sonó. Sonó a rayos, pero sonó. Como no tenía banda con quien tocar, Paco puso en su viejo plato Dual un vinilo de los Ramones y empezó a averiguar los acordes de Sheena is a punk rocker. Aquello fue una revelación. Bastaba poner tres acordes con cejilla y darle a la púa a toda pastilla para poder tocar rock and roll junto a aquellos melenudos de Nueva York.

 

Durante las siguientes semanas nuestro improvisado guitarrista pasaba horas y horas poniendo sus discos favoritos e intentando sacar los acordes de las canciones, pues era de formación autodidacta y sus conocimientos de guitarra se limitaban a los acordes básicos y a rasguear acompañamientos sencillos como solían hacer los adolescentes con una guitarra española cuando iban de acampada. Pero la electricidad cambiaba todo aquello. Ahora con el ampli distorsionando cualquier acorde sonaba más poderoso. Paco se había matriculado años antes en el Conservatorio de Murcia, donde sólo estuvo año y medio. Allí adquirió los fundamentos del solfeo pero, evidentemente, no le enseñaron a tocar como Jimmy Page, así que ahora en los ratos libres se dedicaba a pinchar en el plato sus discos favoritos y acompañar como pudiera.

 

Una tarde en la zona de las tascas junto a la vieja Universidad el recién licenciado necesitaba una moneda para llamar a una amiga con la que había quedado y empezó a pedir un duro desesperadamente a los amiguetes que por allí se encontró, pero al parecer andaban más tiesos que él. El tiempo pasaba, la llamada telefónica se demoraba y al final tuvo que entrarle a un transeúnte caritativo que por fin le aflojó las cinco pesetas, el duro tan ansiado.

 

Aquella breve experiencia como mendigo le deparó otra nueva sorpresa. Esa misma noche al coger la guitarra empezó a cantar algo en español improvisadamente, casi sin darse cuenta. Al cabo de un rato, se preguntó de quién era esa canción y la respuesta lo dejó paralizado: esa canción no era de nadie, no la había escuchado en ningún sitio antes, así que ¡era suya! Paco acababa de componer la primera canción de su vida. Se llamaba Dame un duro y sonaba a Ramones, a un punk tan acelerado que la canción sólo duraba un minuto y medio. La letra decía:

 

 

Dame un duro

dame un duro

dame un duro ¡oh, oh!

 

Dame un duro

dame un duro

dame un duro ¡oh, oh!

 

Dame un duro

dame un duro

dame un duro ¡oh, oh!

 

Para llamar a mi chica ya

para llamar a mi chica ya.

 

 

Aquella canción no se grabaría nunca, ni siquiera en maqueta, pero serviría para amenizar las veladas nocturnas en los pisos de sus compañeros de estudios, que la jaleaban alborozados entre risas y efluvios etílicos. La importancia que Dame un duro tiene para esta historia es que gracias a ella Paco descubrió que no sólo podía ser guitarrista sino que, más importante aún, podía ser "compositor". A partir de ese momento, cuando se colgaba la guitarra dedicaba más tiempo a componer canciones propias que a tocar temas de otros. Recordando ahora esos días, Franky sugiere que quizá aquello condicionó su evolución posterior como músico y como guitarrista, faceta esta última a la que no prestó nunca mucho interés. De hecho, como veremos más adelante, cuando alcanzó el suficiente grado de madurez creativa, optó por incorporar en su banda a guitarristas potentes y virtuosos para concentrarse él en componer y cantar.

 

En los meses siguientes Paco sigue escribiendo más canciones e incluso tiene una oferta para entrar en un grupo local como guitarrista rítmico. Sin embargo, rechaza esta propuesta puesto que está ya en mayo del 82 y tiene claro que aunque el durante el siguiente curso pasará algunos meses en Murcia realizando la tesina de licenciatura, su periplo en Murcia prácticamente ha terminado. En cuestión de semanas volverá a su pueblo, al hogar familiar para prepararse las oposiciones. Ha llegado el momento decisivo: en cuanto acabe la carrera en junio dejará de ser ya un estudiante para pasar a convertirse inmediatamente en un licenciado en paro. Con buen criterio, pues, en vez de entrar en el grupo murciano y ensayar con ellos aquellas primeras canciones, decide guardarlas en una maleta sin saber que en un futuro cercano algunas de ellas, como la mítica Tomates de Liétor, cobrarían vida propia.

 

A principios de junio su maltrecho amplificador dice basta. Un pequeña explosión en aquel ático, acompañada de un intenso olor a quemado, indica que el aparato ha pasado a mejor vida. Hay que buscar un nuevo ampli y Paco sabe que no puede contar con su familia para ello. En la vieja tienda del Paseo de Corvera ha visto un amplificador combo marca Montarbo de 60 watios con buena pinta y un precio razonable, pero hasta que llegue el verano y empiece a pinchar música otra vez en la discoteca no va a tener más ingresos. Hay que buscar el dinero por algún lado y lo encuentra en el sitio más inesperado. Una noche poco antes del final de curso sale a cenar con sus compañeros de promoción. La cena tiene por objeto despedirse de uno de sus profesores más queridos, el catedrático de Filosofía Francisco Jarauta, en la actualidad uno de los mayores especialistas europeos en Estética, Teoría de la Cultura y del Arte.

 

Tras la cena vienen las copas y alguien anima a Paco a cantar. No hay guitarra ni nada para acompañarse, pero hay un excelente vino blanco de Bullas, así que ayudándose con el tenedor y el cuchillo, sobre una mesa que hará las veces de batería, interpreta dos o tres canciones a grito pelado. Jarauta se lleva la mano a la sien y en esa pose tan marcadamente filosófica parece meditar un buen rato. Paco contiene la respiración y mira a su admirado profesor con recelo. Cree que la ha cagado y que va a recibir una reprimenda o algún comentario del tipo "¿Y para esto te he dado clases de Filosofía durante cuatro años? ¡Menudo artista intelectual nos ha salido en Albacete!" Para su sorpresa, Jarauta se acerca al oído de Paco y le susurra: "Dadá, Paco, lo que cantas es puro Dadá y me encanta".

 

 

Francisco Jarauta. Catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia. Ha realizado estudios de Historia, Historia del Arte y Filosofía en las Universidades de Valencia, Roma, Münster-Westf, Berlín y París. Profesor invitado de universidades europeas y americanas, sus trabajos se orientan especialmente en el campo de la filosofía de la cultura, la historia de las ideas, la estética y teoría del arte. Es Comisario de varias exposiciones internacionales, entre las más recientes Arquitectura radical (2002) y Micro-Utopías. Arte y Arquitectura (2003). Ha sido Vicepresidente del Patronato del Museo Nacional de Arte Reina Sofía de Madrid. Es miembro del Patronato del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y del Comité Científico de Iride, Experimenta y Pluriverso. Participa en el grupo Géo-philosophie de l’Europe y es coordinador del Grupo Tánger. Coordina el Observatorio de Análisis de Tendencias de la Fundación Marcelino Botín. En la contraportada del disco "Champú y literatura" puede leerse:

"... a F. Jarauta por avalarnos un préstamo".

¡Dadá! Jarauta le estaba diciendo que lo que hacía era Dadá. No podía haber recibido mejor halago. Si hay un movimiento artístico contemporáneo que en aquel momento fascinase a Paco era el dadaísmo, así que apuró extasiado su vaso de vino, recorrió con la vista todos los rincones de aquel bar deleitándose en aquella panorámica. Con el subidón producido por las palabras de del catedrático y por el vino de Bullas jugó a imaginar que estaba en el Cabaret Voltaire de Zurich en 1916 cuando Hugo Ball puso en marcha ese movimiento cultural tan radical y provocador. Puesto ya a imaginar o, mejor dicho, a alucinar, se le ocurrió que Francisco Jarauta podría su Tristan Tzara particular y actuar como mecenas suyo. Dicho y hecho. Nuestro estudiante adopta entonces una expresión compungida, le da las gracias a su profesor por el comentario y le insinúa lastimosamente al oído que es una pena que su carrera artística como músico de rock no pueda arrancar porque no tiene dinero para un amplificador de guitarra. La respuesta del catedrático es contundente: "Mañana a las 11 me esperas en la puerta de la oficina de Caja Murcia que hay en la Avenida Alfonso X el sabio. Y llévate el DNI porque te voy a avalar un préstamo".

 

Una semana después, Paco se despedía de Murcia y llegaba a su pueblo con una guitarra eléctrica y un amplificador.

 

 

 

Fin del capítulo 1

 

 

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