Capítulo 2. Buscando un grupo

 

por Juanan Roll

 

 

La llegada a Peñas de San Pedro en aquel verano del 82 producía en Paco S. Sahorí una cierta sensación de desasosiego. Desde que a los once años abandonara el domicilio familiar para realizar el bachillerato en Hellín (Albacete), sólo había pasado en su pueblo las vacaciones veraniegas, navidades, semana santa y algunos puentes.

 

Panorámica de Peñas de San Pedro. Al fondo la mole impresionante de su Castillo. [Ampiar]

Cierto que su casa le encantaba, tan grande y espaciosa, con su biblioteca en la parte de arriba dando a un patio lleno de geranios y con un aljibe maravilloso. También le gustaba la idea de estar junto a sus padres un buen periodo de tiempo, puesto que desde el final de su infancia había estado siempre fuera. Las comidas caseras de su madre, los paseos por el campo y las confidencias con su padre junto a la chimenea eran cosas que quería disfrutar. Pero era joven, estaba acostumbrado a vivir en ciudades con mucho más ambiente y las posibilidades de ocio en las Peñas durante el crudo invierno eran más bien escasas. Aquello arrojaba un pequeña sombra en su futuro inmediato.

 

Paco se consolaba pensando que el próximo curso también viajaría esporádicamente a Murcia para realizar su tesina de licenciatura, pero sabía que aquello sería ya pasajero, que la buena vida universitaria había terminado. La realidad era que hasta que tuviese una cierta solvencia económica no le quedaba más remedio que permanecer en su casa familiar. Consciente del esfuerzo que sus padres habían realizado para que pudiera estudiar, la idea de seguir dependiendo de ellos económicamente contribuía, aún más, a aumentar la ansiedad del recién licenciado.

 

El grupo Hebra. De izquierda a derecha, Pedro, José Luis, Arturo, Ángel y Juan. Casino del Lucero en Peñas a principios de los setenta. [Ampliar]

El verano arrancó con el ridículo de la selección española en el Mundial de fútbol celebrado en nuestro país, pero Paco tenía una preocupación mayor. Se preguntaba cómo iba a justificar ante sus padres la presencia del amplificador y la guitarra eléctrica con que llegó de Murcia. Sabía que en casa no serían bien recibidos sus nuevos acompañantes. La razón era bien sencilla. A principios de los setenta su hermano mayor, Ángel, había sido guitarrista del grupo Quadriaga en Hellín, donde tocaba entonces Paco Heredia, también conocido como Fran y como el Facas, quien sería años después el líder del grupo heavy barcelonés Zeus y uno de los guitarristas más reputados de España, llegando a acompañar a Manolo García en los últimos tiempos. Tras su experiencia en Quadriga, Ángel monta en las Peñas el grupo Hebra con algunos paisanos suyos. El grupo realiza muy buenas versiones de temas de los Creedence, Santana, Moody Blues, Animals y otros grupos de la época, pero hay un problema puesto que él está en C.O.U. y quiere estudiar una carrera de ingeniería. Sus padres, con buen criterio, le hacen ver que necesita obtener notas brillantes y que la música puede entorpecer ese objetivo. Ahí terminó la aventura musical de Ángel.

 

Esta experiencia la tuvo siempre presente Paco y por eso no se le pasó nunca por la cabeza tocar en un "conjunto" durante su época de estudiante. En casa se sacrificaban para mantener a los dos hermanos en la universidad y él no se podía permitir el lujo de suspender o sacar malas notas. La adquisición de ese equipo de guitarra la justificó ante sus padres diciendo que lo había comprado con su propio dinero (no hubiese podido ser de otra manera, desde luego) y que había esperado hasta acabar la carrera para hacerlo. Para tranquilizar a sus progenitores añadió que simplemente sería un entretenimiento con el distraerse y descansar un poco entre las largas sesiones de estudio que tendría que realizar cuando, una vez acabada la tesina, se pusiese a preparar las oposiciones a profesor agregado de instituto. Éste sería su objetivo número uno y nada lo apartaría de él.

 

Solar vallado donde estaba el Convento viejo en la calle de las Tejeras. Imagen de 2010.

Una tarde a la hora de tomar el fresco Paco se encuentra por la calle a dos amigos suyos y al preguntarles que dirección llevan le dicen que van al Convento viejo a ver ensayar al conjunto que han montado Marce Sarrió, Fernando Alfaro y José Luis Lloret. Paco se queda alucinado ¡esos tres tocando juntos y en el mismo sitio donde había ensayado su hermano con el grupo Hebra! En fin, allí se dirigen los tres y una vez dentro se queda alucinado con el espectáculo. Su primo Marce aporrea una batería Honsuy gris que tiene un plato de ritmo parecido al yelmo de Mambrino quijotesco. Fernando toca un bajo de imitación enchufado a un artilugio que ha montado él mismo a partir de una radio antigua y algún amplificador de esos metálicos que se usaban en las iglesias. José Luis lleva una guitarra sesentera tipo Galanti increíble. Entre los tres están intentando tocar una canción de los Creedence.

 

Al acabar el ensayo Paco los invita a casa para que vean su amplificador Montarbo y su guitarra. Una vez allí, pone en el plato un disco de Leño, enchufa el ampli y se pone a acompañar con su guitarra y su voz al bueno de Rosendo Mercado: "¡Hoy va a ser la noche de que te hablé!¡Hoy va a ser la noche de que te hablé!" Los alaridos van acompañados de guitarrazos con el brazo derecho extendido describiendo círculos, a lo Pete Townshend, y de toda suerte de saltos y contorsiones. José Luis y Marce no dan crédito a sus ojos. Fernando flipa y exclama al acabar la canción: "¡Vaya perigallos que das!". Finalmente, los tres espectadores de esta insólita actuación le sugieren que se lleve el ampli al convento y que pruebe a tocar con ellos. El que más tarde será conocido como Franky ha encontrado un grupo.

 

Al día siguiente nos encontramos a los cuatro amigos ensayando. Paco se afana por aprender las canciones que conformaban el exiguo repertorio del grupo y les pregunta que si todo lo que tocan son versiones. José Luis comenta que tienen una canción instrumental y agarrando la guitarra se pone a tocarla. Aquello en realidad eran cuatro acordes repetitivos sobre los que se iban realizando unos ingenuos solos de guitarra. En ese momento Paco les pregunta que si no les molaría que aquel tema tuviese una letra. Él tiene una que se podría adaptar variando algunos acordes, introduciendo otros y acelerando el ritmo. Paco empieza a cantar: "Recuerda señorita que aquella tarde te enrollaste muy mal, tú querías tomates de Liétor para merendar..." Tras un par de horas haciendo probaturas había nacido la primera canción de aquel grupo. Su título, Tomates de Liétor.

 

En las semanas siguientes Paco les mostrará a sus amigos algunas de las canciones que había compuesto en Murcia, en aquella vieja buhardilla junto a la Plaza de las Flores. Ahora sí que no tenía inconveniente de tocarlas en grupo, puesto que estaba con amigos de su infancia y le apetecía compartirlas con ellos. Además la banda estaba encantada con tener repertorio propio, lo que les acercaba más a un grupo de rock que a un mero "conjunto" de pachanga ¿pachanga?

 

 

El plan B

 

¡Pachanga! La palabra sonaba peyorativa, como sinónimo de verbena, de pasodoble cutre, pero iba a ser el horizonte inmediato del grupo. En efecto, a principios de otoño reciben en las Peñas dos visitas en muy corto espacio de tiempo. En primer lugar aparece Andrés el guardia, un representante de orquestas de verbena al que alguien le ha hablado de ellos. Paco le explica que son un grupo de rock, que no hacen pachanga y que además no tienen equipo para tocar por ahí fuera. Andrés dice que muy bien, que lo del rock es algo estupendo, pero que van a necesitar instrumentos profesionales si quieren ir en serio y les propone algo muy sencillo. Ellos se prepararían un repertorio para actuar en verbenas y él les proporcionaría los contratos necesarios para poder sufragar el equipo de sonido que deberían adquirir. Podrían actuar esa misma Navidad si se daban prisa. Cuando tuviesen buenos instrumentos, un local de ensayo y una buena furgoneta para desplazarse podrían dejar la pachanga y dedicarse exclusivamente al rock, si así lo deseaba el grupo. Además, añadía el representante, las verbenas le darían al grupo una experiencia y unas "tablas" que les serían muy útiles y muy difíciles de adquirir de otra manera.

 

Led Zeppelin en el Madison Square Garden. Nueva York, 1973

Paco S. Sahorí en el patio de su casa natal. Verano de 1982. [Ampliar]

En aquella época no había en Albacete empresas de sonorización a las que alquilar un equipo medianamente decente, así que la propuesta de Andrés les parece razonable. A Paco la perspectiva de actuar en verbenas no le emociona mucho, pero una orquesta cuya actividad se centra en el verano y las navidades puede ser compatible con su objetivo de prepararse las oposiciones. La orquesta puede ser su plan B, es decir, la alternativa para tener una cierta independencia económica si falla el plan A que es, obviamente, convertirse en funcionario docente. Por ahí encuentra, pues, la vía para convencer a sus padres de que la música no le iba impedir estudiar ocho horas diarias. Antes bien, argumenta, puede servirle para despejarse un poco por las tardes, cuando la cabeza empiece a echarle humo de tanto repasar el temario.  Además, insiste, a él no le resulta agradable a su edad seguir pidiéndoles dinero hasta para tabaco. Sus padres le dejan claro que eso último no es problema. Son muchos años y esfuerzos los que han dedicado para que él estudie y mientras sea necesario lo seguirán haciendo.

 

Paco entonces les explica que hay que ser realistas, que hay muchos licenciados que se pasan años y años suspendiendo las oposiciones, que es muy difícil aprobarlas a la primera cuando hay gente que lleva años preparándolas y que si las cosas salen mal no desea estar hasta los treinta años con las manos en los bolsillos. Por el currículo académico que tiene, y por lo que le han dicho sus profesores de la universidad, está convencido de que acabará siendo profesor más pronto que tarde y que la actividad musical puede servirle como una vía de escape para evitar la ansiedad o la frustración. A regañadientes, sus padres aceptan el plan B. Sólo faltaba ya la aparición en escena de un personaje clave en la historia del grupo y éste llegó a los pocos días a las Peñas conduciendo un Citröen dos caballos rojo.

 

 

Custodio

 

Custodio Martínez era natural de Isso (Albacete), había estudiado sonido en la Universidad Politécnica de Valencia y también estaba empezando. En aquella época andaba intentando montar la primera empresa de sonido profesional de Albacete. Le acompañaba en su aventura Dolo, su mujer, que había sido compañera de instituto de Paco en Hellín. A Custodio también le habían llegado noticias de un grupo de rock de las Peñas y aquella tarde otoñal se presentó en el pueblo con su dos caballos para ofrecerle al grupo un equipo de sonido con todas las facilidades de pago que hiciesen falta. En aquel primer encuentro ya hubo una buena química entre ellos que con el paso del tiempo se transformaría en una sólida amistad.

 

Custodio Martínez, un gran ingeniero de sonido y una persona clave en la vida del grupo.

La que empresa de sonorización que llegaría a ser DC Audio no se había establecido todavía en Albacete, así que unos días más tarde nuestros músicos de la Peñas se acercan a la casa de Custodio en Isso. Allí les enseña Custodio unas cajas tipo Martin que él mismo fabricaba y que tenía por allí desperdigadas en un porche. En aquel momento los equipos Martin eran de lo mejor que había como PA para los conciertos en directo. Custodio les recomienda una solución consistente en dos torres compuestas cada una por un cajón de graves simples, un cajón de medios y una caja con una trompeta de agudos. En total serian 1000 watios, lo suficiente para ir tocando en plazas de pueblos y locales de aforo medio.

 

Finalmente el equipo que compraron se redujo a las cajas de medios y las trompetas más una etapa VMB de 250 watios y un par de micrófonos AKG. Los cajones de graves, la etapa de potencia para moverlos y el divisor de frecuencias quedarían pendientes para el verano cuando empezaran a acumularse los bolos. Ahora de momento sólo contaban con el dinero que obtendrían por una actuación en un cotillón de Nochevieja que Andrés ya les había confirmado.

 

El Corral de Monda

 

El siguiente asunto que había que solventar era el del local de ensayo puesto que el Convento viejo que el cura don Juan Miguel les había cedido gratuitamente no ofrecía ninguna seguridad para alojar allí los nuevo equipo. De hecho, la puerta de entrada principal se quedaba un poco encajada en el suelo y casi no podía cerrarse con la llave. la solución vino de la mano del padre de Fernando quien había hablado con un conocido suyo para que les alquilara el local. Bueno, lo de "local" es un decir porque en realidad se trataba de un corral de ganado con un porche y una pequeña gorrinera con techo de uralita. Era conocido como el Corral de Monda y en él su dueño encerraba las ovejas y los animales que tenía.

 

A la derecha la puerta verde de entrada al Corral de Monda en la calle de la Huerta.

La primera tarea, antes de llevar allí el equipo de sonido, fue limpiar el corral. Hubo que sacar decenas de carretillas llenas llenas de cagarrutas de ovejas y excrementos de toda clase. Luego hubo que entrar con una máquina de cal y pintar varias veces todas las paredes. Finalmente llegó lo más difícil: acostumbrarse a olor que todavía quedaba agarrado a las paredes, pese a las dos o tres manos de "enjalbiegue" que se les había dado. Con los instrumentos instalados en la pequeña gorrinera con techo de uralita, nuestros amigos empezaron a ensayar pachanga, "canciones de ayer y de siempre" que decía eufemísticamente Paco. Así, en aquellas paredes acolchadas con los inevitables cartones de huevos empezaron a sonar temas como Frenesí, Brasil, Campanera, Paquito Chocolatero o Islas Canarias, mezclados con el Bienvenidos de Miguel Ríos, el Rock de Europa de Moris o el bailando de Alaska y los Pegamoides.

 

Manteniendo ocupado el aparato respiratorio en impulsar el aire para cantar parecía que el "pestuzo a ovejo" (Fernando dixit) se notaba cada vez menos. También se invitaba a los amigos del grupo que por allí pululaban todo el rato a que fumasen todo lo posible, puesto que el olor a tabaco camuflaba en buena medida el olor ambiente que como una radiación nuclear de fondo no se iba ni a la de tres. Lo malo era cuando al acabar los ensayos se dirigían al cercano pub El Molino a tomar algo. Las chicas que por allí iban solían acercar un poco la nariz a los jerseys de los músicos y salían pitando como almas en pena. A las pocas semana el olor remitió y el "conjunto", ahora bautizado como la Orquesta Intercity, volvió a adquirir un olor humano.

 

 

Por 70.000 pts qué quieres ¿a los Rolling?

 

El 31 de diciembre de 1982 amaneció con un frío que pelaba. Ni siquiera la fuerza del sol a mediodía conseguía caldear el ambiente. Eran las seis de la tarde y los miembros de la Orquesta Intercity están sacando los instrumentos del ensayo por vez primera. Hay nervios y una excitación tremenda. Andrés el representante le ha buscado su primera actuación y ha llegado el día. Tendrán que amenizar una cena cotillón de Nochevieja en el Hostal restaurante El volante de la preciosa ciudad de Chinchilla (Albacete). En la puerta del Corral de Monda hay aparcadas varias furgonetas tipo Dos caballos de Citröen y 4L de Renault. Para esta primera actuación van a usar esos pequeños vehículos prestados por sus padres en los que viajará repartido el equipo de sonido y algunos amigos, como Julio Zafrilla, que se irán en calidad de "equipo técnico".

 

Hostal restaurante El volante. Chinchilla.

A las ocho de la tarde las furgonetas llegan al restaurante en la vieja carretera de Valencia. Hay que montar el equipo y probar el sonido antes de las diez que es la hora en la que comenzará oficialmente la cena. El local es un salón amplio de celebraciones y no hay un escenario propio, sino que los instrumentos se instalarán delante de la pared del fondo pero en el suelo, a la misma altura que el público. A las diez menos veinte empieza a entrar la gente y a ocupar sus mesas. La orquesta también tiene una mesa reservada junto al escenario. Andrés el guardia les ha firmado un contrato de 70.000 pesetas más la cena gratis y las copas ("consumiciones") que quieran tomar durante la noche.

 

El menú es estupendo y los amigos que vienen dan buena cuenta de ella, pero algunos músicos casi no prueban bocado. Los nervios empiezan a hacer de las suyas al ver al público que los rodea. Casi todos son matrimonios de cierta edad (a ellos los treintañeros y cuarentones les parecían entonces muy mayores). No parece que les guste mucho el rock and roll y el repertorio de rumbas y pasodobles que lleva la orquesta es bastante reducido. "Aquí nos corren a gorrazos" comentó uno de los músicos. "Tranquilo joder -exclamó Paco- que no va a pasar nada. Lo único que tenemos que hacer es tocar toda la pachanga en el primer pase y ya está. Seguro que cuando lleguen las dos de la mañana estarán todos borrachos y no distinguirán lo que estén escuchando". Aquellos comentarios parecieron calmar los ánimos y la cena pudo acabar razonablemente bien.

 

A las doce menos cuarto de la noche el encargado del restaurante se acerca a la mesa de la orquesta y les dice que se vayan para el escenario y que a la hora en punto en punto deben de dar las doce campanadas. Los músicos se miran unos a otros con cara de sorpresa. No saben como dar esas campanadas y no tienen un sintetizador de donde sacar ese sonido. Recordemos que la "orquesta" es un cuarteto: Marce a la batería, Fernando al bajo, José Luis a la guitarra rítmica y Paco a la guitarra solista y cantando. Una vez en el escenario discuten en voz baja sobre cómo dar las campanadas y Marce tiene una revelación. "Le pego doce golpes al plato de corte -dice muy convencido- y solucionado". La determinación del batería infunde ánimos al resto mientras el público escucha atónito los doce platillazos y el grito de Paco atronando en la sala ¡Feliz 1983, Chinchilla!

 

Cinco segundos después se oyen las baquetas de Marce (¡uno, dos, un dos tres cuatro!) y la orquesta arranca con su primera interpretación en público, la canción "Bienvenidos" de Miguel Ríos cuya letra ha adaptado Paco para la ocasión. Mientras el público permanece a la expectativa, por el pasillo del centro, entre las mesas, llega el amigo Julio Zafrilla corriendo como un poseso, se tira de rodillas deslizándose hasta casi chocar con el escenario y simulando tocar una guitarra eléctrica. Al parecer, el vino de la cena le ha subido la temperatura corporal y va sin camisa, con el torso desnudo, retorciéndose en el suelo ante los acordes de la canción. Las parejas hacen lado y Paco decide que nada más acabar el tema de presentación hay que acometer el primer pasodoble.

 

Mientras dura la ejecución de "Campanera", los nervios se templan y las aguas vuelven a su cauce. La orquesta observa con cierta sorpresa que las parejas bailan apaciblemente al ritmo de dos por cuatro que marca Marce. No parece que importe mucho el sonido de la orquesta ni que suene raro un pasodoble cuya melodía sale de la guitarra de Paco, púa y alzapúa como si fuera una bandurria, sin un triste instrumento de viento o un teclado que imitara mejor el sonido y la orquestación tradicional de este tipo de música. Acaba la canción y la gente aplaude. Paco se crece, suelta alguna broma por el micro y se lanzan a interpretar "Ni más ni menos", una afamada rumbita del trío Rumba Tres. Esa será la tónica hasta bien entrada la madrugada.

 

Sobre las cinco y media de la madrugada se acerca al escenario un tipo bastante bebido. Se trata de un auténtico "cansino" que ha estado toda la noche pidiendo un tango que Paco le ha dicho otras tantas veces que no llevaban en el repertorio. Aprovechando que acaba de terminar una canción intenta agarrar un micrófono que, ante la oposición de Fernando, no llegará a coger y grita a voz en cuello ¡vaya mierda de orquesta!

 

Los músicos se miran unos a otros y luego al público para comprobar si alguien ha oído ese comentario. Todo indica que no, que la gente que quedaba a esas horas estaba más preocupada de rellenar sus copas con más cava. El cansino, tras beber del cubata que llevaba soldado a la mano, vuelve a soltar el "vaya una mierda de orquesta". Había que cerrarle la boca al sujeto y lo hizo Fernando con la mayor diplomacia. En vez de responder diciendo que la orquesta era cojonuda y que el tío no tenía ni idea de música, el bajista asume la premisa de aquel cansino borracho y le responde: "Por setenta billetes en Nochevieja qué quieres ¿a los Rolling? ¡Tonto el pijo!"

 

El impresentable dio media vuelta y a los pocos minutos la orquesta Intercity, sana y salva, acaba su primera prueba de fuego en directo.

 

 

 

Fin del capítulo 2

 

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